Me viene a la memoria las palabras que el padre Iván Cote pronunciara en nuestra hermandad el pasado lunes en una conferencia sobre la túnica nazarena. Nos hablaba de sus orígenes en aquella tela de saco que el profeta Jonás vistiera durante cuarenta días antes de entrar en la ciudad de Nínive.

Este próximo miércoles comienza una nueva cuaresma que, en nuestra tierra, se vive tan especial e intensamente desde un punto de vista cofradiero.

Proliferan los triduos, quinarios, septenarios, conferencias, charlas, coloquios, ensayos de cuadrillas, cabildos de salida, reparto de papeletas de sitio. Todos nos preparamos para el gran día de nuestra salida procesional como colofón a esa cuaresma jerezana.

Pero no podemos olvidarnos del verdadero sentido de estos cuarenta días que nos preparan para la Semana Mayor y de la importancia que tienen para los cristianos.

Fue el mismísimo Jesucristo quien nos recordó durante sus cuarenta días en el desierto cómo las miserias humanas se repiten a lo largo de la historia y cómo hay que ponerse en manos del Padre para superarlas.

Cómo seguimos cayendo en los mismos errores que hacen que nos olvidemos de Dios al mismo tiempo que nos olvidamos de los demás. Pero también nos enseñó que poniéndonos en manos de Dios todo se supera y se consigue.

Por eso, hagamos que nuestros actos estén llenos de forma, pero también de fondo. Que nuestros cabildos deben ser serios, pero también llenos de caridad. Que nuestros ensayos deben conducir al bien andar de las cuadrillas pero también a la oración y ayuda a los demás. Que nuestras hermandades deben ser hermosas por fuera pero, sobre todo, por dentro. Pero lo más importante es que cuando la Cuaresma culmine y vistamos la túnica nazarena, nos acordemos de la tela de saco de Jonás y de todo lo que significa. Dios sabe de nuestras debilidades y al tercer día, nos saca de las entrañas de la ballena.  Basta sólo con reconocer y arrepentirse de nuestras miserias humanas.