Los primeros cristianos, en los tiempos de las persecuciones, conservaban la sagrada Hostia en cajitas o lienzos que llevaban a sus casas, conscientes de que guardaban el más valioso tesoro. Se dejaban la vida en el Coliseo sabiendo que el contenido de esas cajitas era la luz verdadera y eterna.

Poco a poco estamos quitando valor a ese enorme Tesoro que nos dejó el Redentor. Muchas corrientes cristianas se alejan cada vez más de la creencia de esa Presencia Real de Cristo en la Eucaristía.  Hoy, que tantos cristianos están siendo masacrados en el mundo, podríamos ver en ellos la fuerza que están recibiendo de ese Tesoro que se llama EUCARISTÍA. Ellos lo esconden por miedo a que se lo quiten. Nosotros lo escondemos por vergüenza…. Ellos mueren por defender sus creencias y nosotros, en un mundo mucho más seguro, matamos nuestras creencias.

Qué divino tesoro es saber que Dios está siempre presente en el Sagrario, no importa el día ni la hora.  Que no se cansa de esperar nuestra  visita aunque, en nuestra habitual torpeza, no sepamos qué decirle, ni sepamos qué nos quiere decir. Dios escucha en silencio nuestras intenciones, nuestras preocupaciones, nuestros desvaríos y comprende las limitaciones y las torpezas propias de nuestra condición humana.

Él se hizo hombre, en su afán por conocernos, por entendernos. Llegó al mundo como cualquier ser humano; naciendo de mujer. Una mujer escogida cuidadosamente por Dios  para que fuera ejemplar hija, abnegada esposa y dolorosa madre. Ella, María, hija predilecta de Dios, iba a ser El Arca de la Nueva Alianza y el primer sagrario del Redentor.

Nuestra Hermandad mantiene viva la herencia que recibimos de nuestros primeros hermanos hace ya casi 500 años y, con orgullo, tenemos al Santísimo Sacramento del Altar como piedra angular de nuestra cofradía. Nuestra condición de SACRAMENTAL está representada por el color rojo que llevamos en el cordón de nuestra medalla y en la túnica nazarena. Pero, sobre todo, está presente en nuestra voluntad de acrecentar la devoción por Jesús Sacramentado en nuestro día a día en la hermandad.

               En la capilla sacramental Jesús nos espera con los brazos abiertos.  María Santísima del Desconsuelo, guarda con celo esa capilla del Sagrario, y escucha nuestras plegarias para hacérselas llegas a Él.