Me imagino a Jesús, sólo en el desierto de aquella primera cuaresma en la que el Espíritu Santo desbarató los planes del demonio de destruir aquellos de Dios. Esos planes de amor profundo por una humanidad que también se debatía entre las luces y las tinieblas, entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte.
Me lo imagino sentado en alguna peña de una elevada montaña bajo un cielo crepuscular de primavera, contemplado las luces de alguna alejada ciudad donde los hombres ignoraban el sacrificio que iba a hacer por ellos.
Me lo imagino mirando al cielo y diciéndole al Padre que ya estaba preparado para dar a conocer su mensaje de salvación. A dar el paso definitivo que lo llevaría a morir por nosotros.
Me lo imagino pensativo, dibujando en la arena del desierto una cruz de madera donde acabaría clavado de pies y manos para llevar a cabo su divina empresa.
También nosotros hemos de retirarnos a nuestro propio desierto y encontrar las fuerzas para darle sentido a nuestra existencia y a nuestras propias vidas. Desiertos de enfermedad, de desencantos, de dudas y de miedos, de anhelos incumplidos y fracasos consumados.
Al igual que nuestro Salvador, en nuestra Cuaresma interior, podemos hallar las fuerzas necesarias en el Espíritu Santo que nos dejó Cristo antes de partir al Padre.
Y no sólo con ayuno de pan, sino de todo aquello que engorda nuestro egoísmo, nuestras envidias, nuestra vanidad, nuestra codicia, nuestro ego. De disputas estúpidas entre nosotros que no conducen a nada y que ofenden a Dios.
Y no sólo con abstinencia de carne, sino de todo rencor, odio, avaricia, venganza o violencia que hace daño al hermano pero también destruye nuestra propia alma.
Y no sólo con oración interesada, con asistencias a triduos, quinarios o septenarios. Acompañando a nuestros titulares en las procesiones, con música o en silencio, con cruces o con cirios, dirigiendo un paso o debajo de él. Recemos por todos aquellos que lo están pasando mal, que viven permanentemente en un desierto de amargura, de incomprensión o de abandono.
El que se retiró al desierto hace dos mil años lo hizo así, sin esperar nada a a cambio. No habrá mejor Cuaresma ni mejor regalo para aquel que murió en la Cruz por todos nosotros.

FRANCISCO JOSÉ ZURITA MARTÍN