En muchas ocasiones, como cofrade, me he preguntado si la labor que hacen nuestras hermandades  es del agrado de Dios. Si los hermanos que las conformamos somos verdaderos cristianos, seguidores del ejemplo de Cristo y difusores de su mensaje.

El domingo también me lo preguntaba mientras, un año más, sacábamos a San Blas por las calles del barrio. Hacía frío y muchos hubieran preferido quedarse en casa.

Este año habíamos decidido llevar rosquillas a las religiosas de los conventos que se hallaban  en el recorrido. Las Agustinas, las Hijas de la Caridad, las Hermanas de la Cruz, las Salesianas…

Llegamos al convento de las hijas de Sor Ángela que, con sus delantales de faena puestos, habían sacado a las ancianitas fuera para que pudieran recibir al Santo. Las hermanitas sonreían por el regalo que les hacía Dios y las ancianitas, muchas de ellas en sillas de ruedas, miraban absortas cómo el paso embocaba la angosta calle Sor Ángela y se plantaba a escasos centímetros de sus rodillas. Con qué poquito se conforman aquellas que lo dan todo por Dios sin esperar nada a cambio. Con cuánta satisfacción reciben muchos el cariño que les dispensa un hermano dispuesto a recordarles que no están solos en este mundo.

Sus ojos ya estaban empañados y los nuestros empezaban ya  a empañarse porque veíamos en ellas a nuestras abuelas, a nuestras madres.  Cuando Edu, el capataz, les dedicó la levantá y la Superiora llamó, un regusto de satisfacción nos recorrió a todos el alma. Ya no importaba el esfuerzo de preparar la procesión, el frío de la mañana o las preguntas sin respuesta.  Yo ya tenía la mía; una de las ancianas,  cuando el paso retrocedía poco  a poco,  fijó sus ojos empañados en los míos intuyendo que mi vara dorada era la que portaba el “pastor de aquel rebaño”. Sin pronunciar palabra alguna dibujó con sus labios con una cadencia casi infinita la palabra “GRACIAS”. No hizo falta  tampoco que yo hablara  porque en mi sonrisa emocionada, la abuelita pudo encontrar el  mensaje de mi profunda gratitud.

En este mundo nuestro, donde se están perdiendo tantos valores, el domingo encontré un motivo más para creer en nuestras hermandades, en un grupo de personas que comparten unas creencias, unos sentimientos, una devoción.  De nosotros depende que llegue nuestro mensaje a tantos que lo necesitan, a los que están vacíos y ansían  llenar sus vidas, a los que están perdidos a pesar de tenerlo todo.  Unidos en pos de Cristo, podemos ser capaces de cambiar el mundo y darle sentido a muchas vidas; trabajando por los demás.

El domingo me sentí feliz de pertenecer a una Hermandad, aunque sólo fuera por ver los ojos emocionados y agradecidos de esa abuelita.

– Francisco Zurita, hermano mayor de los Judíos de San Mateo

Fotografías: Jorge Cabeza

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